Hay un problema que aparece seguido en plantas y galpones: una parte de la estructura se oxida mucho más rápido que el resto. No importa si la pintaron bien, si está a cubierto o si el ambiente no es especialmente agresivo. El deterioro avanza en un punto concreto, casi siempre donde se junta un material con otro.
La mayoría de las veces, la causa no es una falla en el mantenimiento. Es un fenómeno electroquímico que se activa si están dadas tres condiciones. Y una vez que empieza, avanza desde adentro
El problema tiene nombre: corrosión galvánica
La corrosión galvánica (también llamada corrosión bimetálica) es el proceso por el cual un metal se corroe de manera acelerada cuando está en contacto eléctrico con otro metal diferente, en presencia de un electrolito.
En términos simples: cuando dos metales distintos se tocan y hay humedad de por medio, se genera una pequeña corriente eléctrica entre ellos. Uno de los dos metales actúa como ánodo (el que se sacrifica y se corroe) y el otro como cátodo (el que queda protegido). El resultado es que uno se deteriora mucho más rápido de lo que lo haría solo, mientras que el otro aparentemente se mantiene bien.
El problema es que este proceso no hace ruido, no da señales inmediatas y muchas veces se confunde con «mala calidad del material» o «humedad del ambiente». Cuando se identifica la causa real, el daño ya es importante.

Por qué pasa: las tres condiciones que lo activan
Para que haya corrosión galvánica se necesitan exactamente tres condiciones simultáneas:
1. Dos metales con potencial electroquímico diferente
Cada metal tiene un potencial de electrodo propio. Cuanto mayor es la diferencia entre los potenciales de los dos metales en contacto, más agresivo es el proceso. El zinc y el acero inoxidable, por ejemplo, tienen una diferencia importante. El aluminio y el acero también.
2. Contacto eléctrico entre ambos
Los dos metales tienen que estar conectados eléctricamente, ya sea por contacto directo o a través de un conductor. Un tornillo de acero roscado en un perfil de aluminio es contacto directo. Una unión soldada entre materiales distintos, también.
3. Un electrolito presente
El electrolito es el medio que permite que fluya la corriente entre los dos metales. En la industria, el electrolito más común es simplemente la humedad del ambiente o el agua que condensa sobre la superficie. En ambientes costeros o con presencia de sales, el proceso se acelera considerablemente.
Si falta cualquiera de estos tres elementos, la corrosión galvánica no ocurre. El problema es que en la mayoría de las estructuras industriales, los tres están presentes sin que nadie los haya puesto intencionalmente.

Los casos más comunes en la industria
La corrosión entre metales distintos aparece en situaciones muy concretas que se repiten en todo tipo de instalaciones:
Tornillos o bulones de acero en perfiles de aluminio
Es uno de los casos más frecuentes. El aluminio es el metal menos noble en el par, por lo que se corroe alrededor del punto de fijación. Con el tiempo, la unión se afloja y aparecen manchas oscuras características alrededor del tornillo.
Soldaduras en estructuras galvanizadas
Cuando se suelda sobre una estructura galvanizada, el calor destruye el recubrimiento de zinc en la zona de la soldadura. Esa zona queda con acero expuesto en contacto con el zinc circundante. El acero, al ser menos noble, se convierte en el ánodo y comienza a oxidarse de manera focalizada.
Uniones entre acero al carbono y acero inoxidable
Muy habitual en industrias de proceso donde conviven cañerías o tanques de inoxidable con soportes o estructuras de acero al carbono. Si hay humedad y contacto, el acero al carbono se degrada aceleradamente en la zona de contacto.
Estructuras con remaches o fijaciones de material diferente al resto
El caso clásico es el de una cubierta de aluminio fijada con tornillos de acero, o una chapa galvanizada rematada con perfiles de otro metal. La corrosión aparece siempre en el metal menos noble de la pareja.
Cómo prevenir el proceso desde el diseño y el mantenimiento
La buena noticia es que la corrosión galvánica se puede prevenir. Las estrategias son conocidas y en la mayoría de los casos no requieren grandes inversiones si se aplican desde el principio.
Elegir metales compatibles
Cuanto más cercanos estén los metales en la serie galvánica, menor es el riesgo. Si el diseño de la estructura permite usar el mismo material o materiales con potenciales similares en las uniones, el problema prácticamente no existe.
Aislar los metales entre sí
Colocar un material no conductor entre los dos metales rompe el circuito eléctrico y detiene el proceso. Se usan arandelas, bujes o revestimientos dieléctricos en los puntos de contacto. Es una solución simple y efectiva cuando los materiales no se pueden cambiar.
Aplicar recubrimientos protectores
Los recubrimientos actúan como barrera física entre el metal y el electrolito. En el caso del acero, un recubrimiento rico en zinc, como el galvanizado en frío, cumple además una función adicional: el zinc actúa como ánodo de sacrificio, protegiéndole al acero incluso si el recubrimiento se daña localmente.
Reponer el zinc en zonas afectadas
Cuando una estructura galvanizada tiene zonas donde el recubrimiento se perdió, por soldadura, por impacto o por desgaste, la solución más eficiente es restituir la protección de zinc en esa zona específica. El galvanizado en frío permite hacerlo sin desmontar ni parar la operación.

Cuándo el problema ya avanzó: señales y qué hacer
Si la corrosión galvánica ya está en marcha, hay señales claras que lo indican:
- Oxidación concentrada y acelerada en zonas de unión entre materiales, sin que el resto de la estructura muestre daño proporcional
- Manchas o eflorescencias alrededor de fijaciones (tornillos, bulones, remaches)
- Pérdida de sección en el metal menos noble de la unión
- Aflojamiento de uniones que estaban correctamente apretadas
Cuando estas señales aparecen, la prioridad es dos cosas: detener el proceso activo y evaluar si la estructura mantiene su integridad.
Para detener el proceso, la intervención depende del grado de avance. En etapas tempranas, limpiar el óxido suelto, aislar los metales y aplicar un recubrimiento de zinc es suficiente. En etapas avanzadas, puede ser necesario reemplazar el elemento más afectado y luego proteger la zona correctamente.
Lo que no conviene hacer es aplicar solo una pintura convencional sobre la zona oxidada sin preparar la superficie ni resolver el contacto entre materiales. La pintura va a fallar en poco tiempo porque la causa del problema sigue activa debajo.

El rol del zinc como protección de sacrificio
Hay algo importante que vale la pena entender sobre el zinc: no solo actúa como barrera. Cuando está en contacto con el acero, el zinc funciona como ánodo de sacrificio. Esto significa que, si el recubrimiento se daña y el acero queda expuesto, el zinc circundante se corroe en lugar del acero, protegiéndolo activamente.
Es por eso que el galvanizado, tanto el tradicional aplicado en caliente como el galvanizado en frío aplicado en obra, es el sistema de protección más utilizado para estructuras de acero expuestas. El zinc no solo cubre: protege de manera activa incluso cuando la cobertura no es perfecta.

Si tenés una estructura metálica con signos de corrosión localizada o estás diseñando una instalación donde van a convivir materiales distintos, podemos ayudarte a evaluar el riesgo y definir el sistema de protección más adecuado.
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